Un apacible sonrisa,se apago con un trágico final.

A propósito del inicio de las fiestas dicembrinas y tomando en cuenta que se continúa manipulando pólvora y juegos pirotécnicos para la temporada, les presentamos un triste testimonio acaecido en algún momento de la historia de una familia nicaragüense.

Esto es con el fin de llevar un mensaje para reflexión y prevención de posibles eventos similares al narrado en la siguiente nota escrita por una colega colaboradora de nuestra Revista Digital.

Karla Chavez Rivas. 

Una foto blanco y negro, fue guardada a través de los años como el recuerdo más sincero de una fresca amistad. En la imagen se refleja una bella moza de larga cabellera, su edad es ideal para una joven esbelta y llena de gracias que solo buscaba disfrutar de la vida en todo su esplendor. Apenas ajustaba los 17 años. Su tez blanca y unos ojos cristalinos parecieran hablar y decirnos : Vive y se Feliz!

La abuela guardaba como un relicario una pequeña fotografía de su amiga, un arte impreso que enmarcaba en pequeñas dimensiones la juventud y belleza de Maria del Carmen quien adornaba la sala de la casa, lo cual para aquellos tiempos era todo un acontecimiento el tener una estancia en las  viviendas. Era el nítido recuerdo de aquella amiga que compartió sus secretos, soñaron con casarse bien o llegar a ser una dama de alta sociedad.

La fotografia fue rescatada del fuego, único recuerdo que dejaron las llamas.

Lo que mas impresionaba de esta joven era esa jovial sonrisa cargada de vitalidad y nunca se pensaría que trabajaba largas jornadas en la fabricación de juegos pirotécnicos una labor muy peligrosa y bastante conocida en la ciudad de Masaya.

Ambas nacieron en este pueblo que en aquel entonces era muy visitado desde el mes de septiembre hasta diciembre, periodo en que sus habitantes disfrutan en todos los tiempos de sus fiestas patronales en honor a San Jerónimo. Asimismo, son tradicionales las competencias de bailes cada Domingo y es cuando las jovencitas salen bien ataviadas con bellos peinados y muy bien arregladas con su vestido primaveral.

La abuela conservo esa costumbre pues siempre vestía impecable, incluso me comentaba cómo en este lugar también se elaboran diversos tipos de calzado y las jóvenes se daban el lujo de vestirse según el color de la indumentaria, pues costumizaban su par de zapatos para combinar con el mismo tono de la tela del vestido.

En la foto no puede apreciarse el calzado, pero si la distinción del cabello de la muchacha que fue arreglado con esmero.  Un peinado con rizos, los cuales eran hechos comúnmente por las abuelas quienes tenían esa paciencia y dedicación de trabajar horas enrrollando los largos mechones de las niñas con unas tiras sujetadas con los dientes.

Con gran cuidado sujetaban cada rizo, al final de tan complicado proceso era un orgullo salir de casa pues decían que el largo del cabello era la gracia mas grande que una mujer debía conservar, su melena hasta el día de su matrimonio. Así se observan en las fotos de novias de antaño, parecían virgencitas caminando hacia el altar. Seguramente la joven se arregló para una ocasión muy especial que le llenaba de gozo y el fotógrafo logro captar su rostro iluminado sus ojos claros denotaban esa felicidad.

Lo más impresionante es como se ha conservado la imagen de esta joven que aún transmite ese esplendor juvenil, como una estrella con luz propia.  Lamentablemente dejo de existir a causa de un terrible incendio. Falleció en el taller donde trabajaba fabricando cohetes para las fiestas de fin de año, allí almacenaban grandes cantidades de pólvora y no tuvo tiempo de salir tras la explosión. Un suceso que lamentaba su mejor amiga cada vez que apreciaba la última imagen que tendría de aquel rostro bello de la gentil “Carmencita” – como le llamaba- en ese retrato que conservaría durante 80 años.

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